
Juliana de Norwich
De mi infancia y adolescencia sólo recuerdo la gran peste que asoló a este país, y también a muchos otros. En mi pequeño pueblo de Norwich la mortandad fue feroz. A mí me cuidaron mucho y no caí en la peste. Más bien dicho, caí al final, pero no yo directamente.
Había alcanzado a tener un novio, aunque sólo por breve tiempo. Un hombre extraordinario, al que quise mucho. Él no era como la mayoría de los hombres, que desprecian a las mujeres. De un día para otro, no lo tuve más. Se lo llevó la peste.
Lloré mucho su pérdida. . . Por largo tiempo. . . Hasta este año 1373, teniendo yo treinta, cuando me enfermé gravemente. Lo mío no fue la peste sino un problema pulmonar que me tuvo muy cerca de la muerte. Justo cuando un calor efímero empezaba tímidamente en las tardes, me descuidé. Talvez porque no quería seguir cuidándome.
Me venían unas fiebres altísimas, y los doctores no hallaban qué hacer para espantar mi mal. Más eficaz fue el cura que me dio la extremaunción.
Durante esa semana de gravedad en que apenas estaba aún en este mundo, y casi un poco en el otro, fue que tuve unas visiones extraordinarias. Tanto, que no quería olvidarlas. Por eso, las escribí como pude, sin siquiera redactar, en aquellos otros momentos en que despertaba al mundo real.
Y en cuanto sané me puse a ordenar un poquito esos escritos. Al leerlos de nuevo, aprendí un montón de cosas que antes ni me imaginaba. Es que esas visiones que tuve fueron fabulosas. Había visto a Jesús, puesto en una pequeña ciudad eterna, mostrándome la fuente de la plaza. «Esta es tu alma», fueron sus palabras en aquella oportunidad.
Esa vez creí que me estaba yendo de este mundo, y por eso me atreví a preguntar a Jesús si me iba a mostrar el cielo, el infierno, o el purgatorio.
-Nada de eso -me dijo, sonriendo.
Comprendí con claridad que no me estaba yendo del mundo. Simplemente, estaba contemplando el Amor. Y como Jesús me vio preocupada por mi destino, me tranquilizó diciendo:
-El final será feliz en cada persona.
-¿Y qué pasa con el pecado…? -pregunté.
Su respuesta fue tan sabia y esperanzadora que no sé si la transcribí tal cual. Era algo así como «El pecado causa dolor pero no tiene sustancia, no puede prevalecer. Todo se transforma en bien». Eso último me lo tuvo que repetir porque yo no entendía nada.
Y como seguí preguntando por el infierno infinito, me miró fijamente y me preguntó, a su vez, «¿No te das cuenta de la contradicción que hay en eso? El infierno no es más que una forma de lenguaje para expresar un estado de ánimo de desesperación. Y ese estado que siente en vida el que ha pecado…, se termina en algún momento».
Por lo menos, ahora sí, lo entendí. Claro, ¿cómo no se me ocurrió antes? Dios no va a inventar un instrumento de tortura, ni mucho menos el que haya de aplicarse en forma desproporcionada.
-¿Cómo será cuando vengas a juzgar… a los vivos y a los muertos? -pregunté ingenuamente.
Jesús se mostró comprensivo:
-He dicho tantas veces… que no vengo a juzgar sino a salvar.
En eso, vi algo que ocurrió en las afueras de esa extraña ciudad. El servidor de un señor llegó al pueblo. Se le veía alegre y un poco apurado. Dijo que traía una misión que le habían encargado. Con el apuro, no se fijó bien y tropezó en una piedra. Rodó dentro de un barranco. Quedó adolorido y no lograba pararse, pero vino Jesús y lo ayudó. Entonces, el hombre pudo seguir su camino.
-¿Cómo puedo entender a Dios… y al prójimo? -pregunté.
Jesús no me respondió aquel mismo día, sino al siguiente. Sus palabras fueron algo así: «Para entender a Dios, antes tienes que entenderte a ti misma… y al prójimo. Ya sabes que eso no es fácil». Un rato después, agregó «Para amar a Dios, antes tienes que amarte a ti misma… y al prójimo». Entendí que esto no debería ser tan difícil.
Fueron varias mis visiones, y creo que logré ponerlas por escrito de manera adecuada. Entonces, sané del mal que me aquejaba.
«Bendita enfermedad», digo, y repito, aunque nadie me tome muy en serio. Y lo digo porque cambió mi vida para mejor.
Desde aquella enfermedad han pasado ya cincuenta años. Los he dedicado íntegramente a tratar de entenderme a mí y al prójimo…, y a Dios.
Aunque no lo he logrado plenamente, por lo menos he podido desentrañar esas visiones y escribir un texto ampliado.
Para empezar, en aquel mismo momento, hace medio siglo, decidí transformar mi vida. Para ello, me otorgué caracteres monásticos pero, no quise recluirme en un convento, ni tener una abadesa que limitara mi acción.
Hablé con el cura, que me tenía un gran aprecio. Me facilitó un pequeño departamento, que él llama «celda» y está ubicado en forma contigua al templo de San Julián. El cura me contó que hay muchas mujeres que viven de esa misma forma que yo, y para él era un honor contar con una en su parroquia.
Mi celda consta de dos habitaciones, una muy pequeña, con una cama, una cómoda y un lavatorio. La otra pieza tiene un sofá, una silla y una mesa, en la cual escribo. Esta habitación sale a un patio, al fondo del cual está el retrete. Desde el principio quise dar a ese patio un carácter más amistoso. Para ello, he estado cultivando flores.
Hice voto de celibato. Además, salgo muy poco, sólo para conocer mejor al prójimo y para hacer algunas compras mínimas ya que mi alimentación y vestimenta son muy básicas.
Me he financiado gracias a una herencia que tuve, no muy grande, sólo lo suficiente para sobrevivir.
Además de orar, meditar y cuidar las flores, mi actividad se centra en descubrir cada día algo nuevo en el mensaje que Jesús me entregó. Todo esto lo voy escribiendo, y aunque no tiene por qué ser aceptado por otras personas, lo comparto con quienes tienen a bien visitarme. Y han sido muchas personas en todo este tiempo.
Muy cerca de acá, durante mis comienzos, ocurrió algo abominable. Una sangrienta persecución contra los lolardos, seguidores del desprestigiado Wycleff, quien denunció los malos comportamientos de la jerarquía, y luchó siempre por volver a una iglesia pobre y espiritual como la del principio.
Me apodan Juliana porque vivo en San Julián. A tal punto, que me interesé por conocer algo de la vida de este santo. Sin embargo, no fue mucho lo que logré saber.
La gente me tiene estimación, pero a la vez critican en mí lo que llaman «atrevimiento…, ¿cómo se me ocurre que una mujer puede tener derecho a escribir?». No lo aceptan, porque el prejuicio está todavía muy fuerte. Están convencidos que una mujer no puede tener algo importante que decir. ¿Y… enseñar…? Eso es ilusorio, según dicen.
He tenido que revestirme de mucha valentía para insistir en mi camino. Realmente, me atrevo a enseñar que la búsqueda de Dios tiene tres aristas: La primera es buscar con voluntad y alegría; la segunda es tener esperanza durante toda la vida; y la tercera, confiar.
En muchas partes de mis escritos digo «Jesús» en vez de decir «Dios». Es por la manera como Dios se me manifestó, con ese símbolo. Me cuestioné mucho que tal símbolo fuera masculino, pero difícilmente iba a ser de otra manera. Así ha estado nuestra cultura hasta el momento. Sin embargo, ahora veo que no tenemos por qué imaginar a Dios más masculino que femenino. He ahí un prejuicio que Él (¿o Ella?) me está quitando. Su mensaje es de amor. Y ese amor divino lo veo como amor materno.
Para mí, éste es el tema esencial.
Hace diez años vino a verme Margarita, una joven que está en búsqueda, así como yo. Vino varias veces, en poco tiempo. Llegamos a estar en gran consonancia. Ella también decidió ponerse a escribir, sin importarle que eso fuese mal visto.
Aquel encuentro me dio mucha satisfacción. Ahora, ya estoy próxima a morir, en paz. Sé que veré a Jesús tal como aquella vez, pero imagino que ahora será de un modo más vivo aún.
Este relato fue escrito por Gonzalo Rodas y pertenece al libro «La iglesia adolescente».
Deja un comentario