El buscador de añoranzas

Soy un buscador de añoranzas
transparentes como un cristal,
sumergidas en nubes blancas,
pequeños mundos de verdad.

Mis preguntas están conmigo
dando vueltas alrededor,
formando cúmulos o cirros,
pidiendo al árbol su opinión.

Árboles del conocimiento
tienen benignas actitudes,
y como de otro mundo vengo,
responden a mi extraña nube.

Desde qué remoto lugar
salí en un día muy distante,
y he venido al mundo real
tan distinto y tan arrogante.

Llegué hasta la orilla del mar
y caminé sobre las rocas;
quise ponerme a contemplar
la maravilla de las olas.

Cada ola tiene un propio fin,
con su cadencia laboriosa,
muchas pequeñas veo venir
antes de una más impetuosa.

Los pajaritos en familia
enseñan a vivir en paz;
cantan al inicio del día,
y anuncian si no lloverá.

Los insectos también enseñan
a trabajar en sociedad:
las hormigas tras una meta,
las abejas en su panal.

La creación es maravillosa,
desde que un ave emprendió el vuelo
fluye vida en celestes ondas,
mecida con ritmo sereno.

El lago es lo más fascinante,
con aguas claras y tranquilas
concibe múltiples paisajes,
cada uno con su propia vida.

En improvisado velero
me interné en el lago una tarde
para conocer sus secretos
ocultos dentro de mensajes.

Sobre el lago la luz del sol,
espejitos del medio día,
son una gran inspiración,
desde el agua entregando vida.


Me asomé a la verde pradera
donde disfrutan los caballos;
vi fardos en una carreta,
y un viejo tractor descuidado.

A lo lejos se ven molinos
y un granero arcaico elevado;
y vista al norte como un rito,
los vacunos están pastando.

Busco la aguja en el pajar,
aunque no es fácil la tarea,
a resolver con un imán
para acudir pronto a la siembra.

Me gusta iniciar un sembrado
de graciosa semilla nueva
y regar con amor los campos,
aunque no veré la cosecha.

Estuvo regando la lluvia
y el apacible arroyo manso
y en la misma ocasión saluda
a los sauces que están llorando.

Lindos y breves arreboles,
de preciosa manera anuncian
con sus gestos y sus colores,
que se viene la noche oscura.

Los pequeños arbustos niños
a esta hora se van a dormir,
pero los grandes eucaliptos
siguen disfrutando el violín.

Bajo una cobertura negra
siempre se esconde una luz blanca;
he de buscarla y encenderla,
y que los colores renazcan.

Cuando estamos en noche negra,
la tiniebla nunca se va;
esperad que se desvanezca
cuando llegue la claridad.

Estuve en los lugares bellos,
distraído me fui alejando,
sin notarlo me fui saliendo
hacia un llamativo empedrado.

Al llegar a una encrucijada
me di tiempo para pensar
si será la vía empedrada
la que me lleve a mi ciudad.

Mirando hacia un lugar lejano
diviso una luz en la noche;
después de un día caminando
esa luz se abrirá en faroles.


Viví cada uno de mis pasos
y disfruté el avance lento;
la distancia se iba achicando
en firme y constante progreso.

La primera casa del pueblo,
tan bella como descuidada,
triste soledad padeciendo,
pide a gritos ser visitada.

Me acerqué con mucho cuidado;
al ver la puerta me asombré,
algún día grabé sus rasgos,
fue mi casa una antigua vez.

La puerta no estaba cerrada,
pude traspasar el resquicio;
subí por la llorosa escala
de peldaños entristecidos.

Trato de encontrar una pista
en el estante de los libros,
y en la mesa de la cocina,
y en cada rincón del pasillo.

Miro dentro de los retratos
y en el fondo de los espejos
por si estuviera aún vibrando
alguna mueca o algún gesto.

Una radio grande y antigua
en la habitación principal,
como si estuviera bendita
me sorprendió con su amistad.

Un olvidado diapasón
en el registro de mi mente
el radioteatro revivió
con actores liliputienses.

El estilo que tiene el pueblo,
y también su modo de ser
está grabado en sus paseos
y en la antigua estación del tren.

Me fui a la plaza del pueblo
para observar el devenir,
vi alegres niños en los juegos;
verde idilio, y pausa senil.

A todo el pueblo dije Adiós,
prometiendo que volveré;
de nuevo estoy en la estación,
abordaré esta vez el tren.

La ventana del tren me muestra
el viaje más entretenido,
voy disfrutando la belleza…,
trato de inventar mi destino.


Buscaré en el mundo del arte
que sabe expresar bellamente
la sorpresa que se nos abre
para ser admirada siempre.

Más de algún pincel habla en mí,
otros pinceles hablan a otros;
me gusta el reloj de Dalí
y los sanfranciscos de Giotto.

Los colores me significan:
el rojo es el color de Amor,
el amarillo es de la Vida,
el violeta es de Comprensión.

El azul es de la Verdad,
el naranja es de la Alegría,
el verde es de Creatividad;
entre todos son sinfonía.

Es agradable travesía
sentir las notas del acorde,
un concierto lleno de vida
da color a las sensaciones.

Las creaciones musicales
tienen dentro de su sonido
diminutas mágicas llaves
para abrir baúles de niño.

Desde dibujo concebido,
enorme traslado de piedras,
trabajando durante siglos,
por otros tantos permanezca.

Con impresionantes alturas
y mirando la astronomía,
hay construcciones que postulan
a ser mundiales maravillas.

Regalar belleza a una piedra
es el arte del escultor,
también al metal y madera,
con la más honda dimensión.

¿Que si alguna puedo nombrar?
En Caserta, unas fabulosas;
emocionante La Piedad;
maravilla en Plaza Navona.

De bella forma el cine entrega
la fotografía asombrosa,
cómo se compone la escena
de un pasado que vuelve ahora.

Cómo un personaje revela
alguno de los propios míos;
los observaré en cada escena,
desde mi palco favorito.


Busco los libros escondidos
hasta debajo de las mesas;
queriendo un asombro emotivo,
una sorpresiva belleza.

Me descubro en un personaje
de algún relato bien escrito;
es una foto hecha por alguien;
me pregunto cómo he salido.

Encontré en un libro una vez
la clave de toda existencia;
y en otro, y en otro también,
llaves de ventanas y puertas.

Con estas llaves que he leído,
y ya las tengo bien salvadas,
intento abrir baúles antiguos
y los anaqueles del alma.

Surgen airosas y valientes
las fantasías inventadas,
espejos para conocerme
y descubrir ocultas alas.

Por largo tiempo busqué el libro
que siempre había querido leer;
encontré que aún no ha sido escrito;
entonces, yo lo escribiré.

Escribo de mis personajes,
así los doy a conocer,
quiero que puedan expresarse,
y conocerlos yo también.

Permito que hable mi caballo,
y el lápiz diga lo que piensa;
también yo mismo estaré hablando
en rol de estante o de una mesa.

Me dirijo a la biblioteca,
la del saber universal;
el mago Melchor me aconseja
en cual estante he de buscar.

De la época es la galería,
de comarcas son los estantes,
de mi persona es la repisa;
cien libros quieren renovarme.

Escogí el libro más preciado,
con páginas de vida propia,
todas ellas están en blanco,
y se presentan misteriosas.

El copo de nieve en la hoja
contiene mágicas semillas
que germinan si es ya su hora
regalando imagen amiga.


Comencé a buscar en el sueño,
aventura tan fascinante
en ese mundo de misterio
con senderos originales.

Habitaciones se convierten
a veces en salas de teatro,
o antiguos templos otras veces,
con los asientos consagrados.

En los templos no se presentan
personas de túnicas blancas;
vienen a tocar a mi puerta,
ponen sus mensajes en casa.

Tres cuadras he de caminar
hacia la avenida importante,
pero la calle no está igual,
ni parecida a la de antes.

De tanto empezar el sendero,
demasiado lejos de todo,
he malogrado mucho tiempo
en lugares que no conozco.

Si el reloj está muy extraño,
simulando ser lo que no es,
o si salta hora en breve lapso,
asumo que sueño otra vez.

Es grato vivir lucidez
sin culpas, apegos ni miedos,
en amistad desde mi ser,
con mis personajes internos.

Las soluciones de problemas,
que en el sueño son admirables,
pierden toda su coherencia
al momento de despertarse.

En el día sueño despierto,
sueño con buenas actitudes,
me permito los sentimientos,
sin esforzarme enciendo luces.

En la ilusión sigo buscando
dentro de vedados aspectos
imágenes de loco santo,
lo que vendrá al llegar su tiempo.

Es una aventura indagar
en supuestas vidas pasadas
imitando la realidad
para encontrar sorpresas gratas.

Desde la más remota vida
vendrán con especial disfraz,
acaso en imágenes vivas,
personajes con dignidad.


Me salí del mundo del sueño
y se desvaneció la escena,
ya puedo revisar el sueño
y mis recordadas vivencias.

Reviso mi pasada historia,
intento resolver enigmas;
esas lagunas misteriosas
que son escenas escondidas.

Quisiera saber cómo ha sido
aquello que apenas recuerdo
y que otros lo ven muy distinto
mirando de cerca o de lejos.

Cuando recuerdo el tiempo antiguo
veo unas luces y unas sombras
durante el transcurso uterino
en que empezó a ser mi persona.

Y aquel tiempo de la colonia,
el que parece prohibido,
es una niñez fabulosa
que la rechazo y la bendigo.

En la más temprana niñez
busqué verdad en el entorno,
con disposición a aprender
lo que brotase de buen modo.

En la casa de mi familia
viví durante muchos años,
en ese tiempo ya era antigua,
un eficaz refugio claro.

Tantas cosas que ya no están:
el camioncito del lechero,
la librería principal,
y el buen pregón del manisero.

Voy a las calles de mi infancia
y disfruto las vibraciones;
ya no está la que era mi casa,
pero el entorno habla en su nombre.

La iglesia griega en la otra cuadra
desbordaba nubes de incienso;
recuerdo que yo atravesaba
si me dominaba el recelo.

Anduve por las otras calles
cercanas a mi antigua casa;
algunas persisten como antes,
en todas recordé mi andanza.

Quisiera quedarme por siempre,
pero aceptable no sería;
vuelvo a mi actualidad vigente,
a preparar otra salida.


Llevo mis ojos a la cima
de cada dominante cerro,
también la pequeña colina
en que se esconde el monasterio.

Mientras subo con mi plegaria,
vibro con los cantos antiguos
que todavía se desplazan
entre los olmos del camino.

Son las migajas que cayeron
desde el coro de aquellas veces,
levantadas por buenos vientos
en una época floreciente.

En los antiguos monasterios
están todavía las ondas
que evocan el recogimiento
de una oración maravillosa.

No son palabras ni es imagen,
es una seguridad tenue,
lo que está viviendo en el aire
es la alegría de atreverse.

Casi recuerdo haber estado
en distinta escala de tiempo
con niños tenues conversando
de lo esencial que llevo dentro.

Descubrí olvidados aspectos
cuando mi antiguo aprendiz
le habló a ese futuro maestro
que ya pensaba construir.

Encontré también algo nuevo,
dentro de lo que había antes;
por primera vez es un fuego
y ya insiste en iluminarme.

Escenas antiguas que hoy vivo,
tienen vigor en mis recuerdos,
como cartas de medio siglo
que recién llegan, justo a tiempo.

Cartas que anuncian un mensaje,
como bella sílaba antigua
mostrando al final de la clase
tarea para el nuevo día.

Descendiendo por la ladera,
todavía escuchando el rezo;
con la antigua nueva tarea,
busco en los mapas el sendero.

Espero encontrar algún rastro
en la bocina de los trenes
y en la voz de los campanarios
cuando están llamando a la gente.


Quisiera saber lo que tengo
en la profundidad de mi alma;
y no me basta con saberlo,
he de sentirlo y dar las gracias.

Con el mapa de la verdad
estoy viajando a mi interior;
facultades he de encontrar,
dice mi amiga sensación.

Fui a conocer en la altura
las aptitudes creativas,
con sus dos famosas columnas:
imaginación y armonía.

En este asombroso lugar
los inventos no son inventos;
se descubre un modo capaz
de transformar la brisa en viento.

Cada actitud va y permanece
trayendo su propio lugar,
y el lugar se queda en mi mente
y no se quiere retirar.

Unos lugares son molestos
y me atrapan en su prisión;
sólo escapar es cuanto quiero,
y me cuesta tener valor.

Algunos lugares son gratos
y en ellos me conviene estar,
con miedo a tener que dejarlo,
y también con alegre paz.

El buen estado es como un globo
y en el aire revolotea,
hasta que se termina todo
cuando una aguja se atraviesa.

Al ir desde el cuerpo hacia el alma
me acerqué tocando verdades
de sufrimiento y de esperanza
en busca de la luz brillante.

Un día veré lo invisible
y antes sentiré su presencia,
dejando que pueda estar libre
la fuente de la vida plena.

Yendo al centro de mi interior
mi sensación es agradable,
con la calidez del amor,
la que no podría quemarme.

Estoy en un monte-tabor
que me ha dado un bello regalo
como una transfiguración;
he de bajar para anunciarlo.


Tengo que terminar mi viaje
y volver a la gravedad
llevando una maleta grande
con el bien que pude captar.

De esta fortuna hago buen uso,
ilumino con emoción
aquellos lugares oscuros,
mientras salgo hacia el exterior.

En la historia busco y encuentro
algún personaje perenne;
miro en ese mágico espejo,
descubro mi actitud pendiente.

La historia que me han enseñado
es la de batallas y guerras;
otra distinta estoy buscando,
de la humanidad que progresa.

Vengo a ver en la antigua Grecia
famosos sabios y maestros;
cruzando la ciudad de Atenas,
me encuentro con Aristodemo.

De Sócrates es buen amigo,
un personaje narrador,
con una actitud de servicio
en El Banquete de Platón.

La pequeña isla americana
hoy se despertó con las voces
desde lo alto de la mesana
en nave de descubridores.

Años después llegué a otra nave
y me vestí de marinero;
la que se hundiría esa tarde,
entre los humos combatiendo.

Existió la guerra sin ruido
hacia magníficas personas,
sabios presos han residido
en las cárceles de la historia.

No toda prisión tiene muros,
no todas se cierran con llaves;
talvez pueda escapar alguno
sin que el cuidador lo desate.

Al final encontré verdades
sospechadas y dolorosas;
jamás debieran olvidarse
las desventuras que retornan.

También encontré unas mentiras,
mostrando lo que antes no vi;
son ventanas para el que mira
y algo consigue descubrir.


Ya que estoy viajando en el tiempo,
voy a las tierras galileas
empezando el primer milenio,
selecto punto de la tierra.

Volví al lago Genesaret,
el lugar más privilegiado;
sé que de nuevo escucharé
las palabras del hombre sabio.

Estoy sentado en la ladera
de la concurrida colina;
desde abajo, Jesús entrega
sabias enseñanzas divinas.

Felices son los que disfrutan
con las pocas cosas que tienen;
es Jesús quien les asegura
descubrir el reino celeste.

El Maestro es renovador
en una lucha contra el mal,
regala y enseña el perdón,
el renacer y la amistad.

Jesús enmienda los errores
a todos los del universo;
transforma al hombre en hijo de hombre,
al hombre viejo en hombre nuevo.

El Maestro quiso enseñarnos
a confiar en certezas simples,
que se hacen grandes si las damos,
sustentan a quien las recibe.

Aunque sucesos miserables
no estén escritos en papel
y hayan preferido taparse,
todo se llegará a saber.

Aunque las más hermosas perlas
estén muy guardadas en cofres,
desde antiguo ayer nos esperan,
son luz de divinas naciones.

Algunos de sus seguidores
me recibieron con agrado;
aquél apodado Zelote,
y también los pares de hermanos.

Y unas amorosas mujeres
que Jesús supo valorar,
una María diferente,
la Magdalena primordial.

Me dejaron participar
en la misión de los setenta,
servidores en amistad,
y con disposición abierta.


Volvimos cansados y alegres
a relatar nuestra aventura,
cómo animamos a la gente,
y aprendimos la esencia suya.

Jesús vio que yo tenía algo
para compartir con los otros;
no estaba aludiendo al pan diario
sino al pan vivo prodigioso.

Tengo una antena natural,
acogedora e incitante,
la cual me permite escuchar
susurros que están en el aire.

Los susurros traen mensajes
en divina modulación,
podré gritarlos una tarde
desde la cúspide mayor.

El que tenga oídos que oiga,
es la palabra de Jesús,
y en el fondo de la persona
se despierta un rayo de luz.

Nos dijo Jesús esa vez,
con motivo de su relato:
«Si tienes ojos puedes ver;
destapa tus ojos vendados».

Fue mucha mi curiosidad,
me metí dentro del relato,
donde Jesús puso verdad
para así poder enseñarnos.

Agradecí al samaritano,
conversé con el sembrador;
y al gran banquete me invitaron,
la cena del reino de Dios.

Fui sirviente en la Última Cena,
puse en la mesa el mejor vino,
y escuché detrás de la puerta
cuando el Maestro lo bendijo.

A todos nos invita Cristo
a compartir con él desde hoy,
una copa del mejor vino,
allí donde reina el Amor.

Después de morir el Maestro,
la Palabra, que estaba en Dios,
sigue viva hasta el fin del tiempo;
su aspecto exterior se ausentó.

En aquel cerro, a media altura,
en la bendita Galilea,
Jesucristo se transfigura
y se despide sin tristeza.


Este poema de Gonzalo Rodas Sarmiento pertenece al libro «Atisbando los misterios».

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