
Cerro 45 46
Durante algunos meses, Chile tuvo relaciones diplomáticas con Bolivia. En ambos países había gobiernos autoritarios de extrema derecha. En ese breve lapso se inició un estudio de una red de microondas entre Arica y La Paz. Me tocó formar parte de un grupo de trabajo que incluía ingenieros chilenos y bolivianos, para elegir los lugares en que se instalarían las estaciones repetidoras.
Estudiamos un monte, que según la carta geográfica, tenía una altura de 4546 metros sobre el nivel del mar. Lo bautizamos como «Cerro 45 46». No era una tremenda cumbre, pues el suelo altiplánico en esa zona está por sobre los cuatro mil metros.
El día que subimos el cerro nos aprovisionamos bien, antes de iniciar el ascenso. Nos aseguramos de llevar comestibles, bebidas, un portamóvil para comunicarnos con el otro extremo del posible enlace, mapas, papeleo necesario, taquímetro y otras cosas. Ya casi estábamos llegando arriba cuando me di cuenta que faltaba algo.
-¿La antena del portamóvil… quién la tiene? -pregunté.
Nadie la tenía. Se nos quedó abajo. Casi creímos morir.
-Yo iré a buscarla -ofreció gentilmente el chofer de los bolivianos, y partió raudo hacia abajo.
Al poco rato, apareció de vuelta, trepando como si todo fuera plano. Traía la antena. Y nosotros, aún no llegábamos arriba. Cuando, por fin, lo logramos, estábamos exhaustos… los chilenos. Dejamos todos los enseres y nos pusimos a descansar.
De pronto, se levantó un viento súbito que tomó nuestros papeles, cartas geográficas, dibujos de perfiles, protocolos, borradores de informes, y todo cuanto necesitábamos para el trabajo. Todos los papeles subieron más arriba de nuestras empinadas figuras y se fueron alejando lentamente, describiendo caprichosas trayectorias. Unos minutos después, ya estaban muy lejos, arriba. Yo los veía chiquititos.
Lo increíble fue que después de otros pocos minutos el viento volvió a bajar los papeles, y a acercarlos a nuestra posición. Era un hecho tan asombroso como prometedor. Nos pusimos a saltar, con las manos todo lo altas que podíamos, y así fue como atrapamos, una a una, todas las hojas. El viento estaba jugando solamente. No era nuestro enemigo.
Este relato testimonial fue escrito por Gonzalo Rodas, y pertenece al libro «Algunas de mis vivencias».
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