
José de Arimatea
Nací en Arimatea, y viví muchos años en esa ciudad de Judea. Muy joven me vine a Jerusalén, con un buen pasar que heredé de mi padre. Tengo una parcela con algunas plantaciones que me dejan buen dinero. Pertenezco al Sanedrín, como maestro de la ley, o más bien dicho, pertenecí a él hasta ayer.
Conocí a Jesús cuando él era niño, con motivo de su Bar Mitzvá, una vez que se quedó en Jerusalén y sus padres retornaban a Galilea sin él, y un par de días después llegaron a buscarlo. Recibí a este joven en mi casa durante ese lapso de tiempo, y lo dejé conversar con otros maestros y rabinos en el templo. Ya en ese tiempo me impresionó su sabiduría innata.
Años después, lo vi enseñando en el templo. Lo encontré fabuloso. Jesús estaba innovando toda nuestra cultura. La mayoría de mis compañeros del Sanedrín lo detestan, precisamente por eso. Es que son excesivamente conservadores y cerrados. Jesús quiso abrir sus mentes, y lo que logró es que lo persiguieran hasta la muerte.
Yo también espero descubrir en mi interior algún pequeño trozo del Reino de Dios, tal como Jesús enseñó a sus seguidores.
Hace algunos días estuvimos reunidos para algo que Anás dijo ser muy importante y urgente. De un día para otro citó a reunión extraordinaria. Al llegar, supe que se trataba de juzgar a Jesús, que había sido apresado. Fue una cosa atroz. Cómo se presentaron testigos falsos acusando a Jesús de cuanta cosa hay. Éramos muy pocos los que lo defendíamos.
El saduceo Anás, que es nuestro jefe político-religioso, es un personaje detestable. Los tiene a todos en su mano, y logra lo que quiere en el Sanedrín. Principalmente, maneja a su yerno Caifás, a quien puso de Sumo Sacerdote, como si fuera un objeto perteneciente a él.
Esta vez, el Sanedrín sentenció a Jesús a la pena máxima. En nuestro caso, la pena máxima no es directamente la muerte, ya que por disposición de los romanos no tenemos derecho a condenar a muerte. Jesús fue entregado a los romanos para que lo crucificaran. Pilatos no quería cometer la injusticia de hacer matar a Jesús, pero lo hizo porque le tiene terror a Anás. Es tan siniestro este Anás, muy amigo del César, que se las ha arreglado para lograr la destitución de cuatro procuradores romanos sucesivos. Pilatos estaba temeroso de ser el quinto.
Cuando murió Jesús en la cruz, me apresuré en visitar a Pilatos y pedir el cuerpo de Jesús para darle sepultura. El procurador se sorprendió de que ya hubiese muerto. Hasta hizo venir al centurión para preguntarle si era efectivo que «el judío», como dijo él, ya estaba muerto. Una vez que el centurión informó a Pilatos, éste me permitió ir al Gólgota a levantar el cadáver, que aún estaba en la cruz.
Lo puse en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba por empezar el día de reposo.
Más tarde, preferí cambiar el cuerpo de Jesús a otro lugar secreto y misterioso, dentro de mi terreno, por temor a que Anás quisiera robarlo. Pensé que sería sólo por un par de días, y después podría volverlo a su sepulcro, pero los hechos se precipitaron de otra forma.
Menos mal que lo cambié de lugar, pues Anás se enteró de que yo tenía el cuerpo, y mandó a que sus guardias me llevaran preso. Éstos me dijeron:
-Como es Sábado, nada podemos hacer contra ti, hoy. Pero, muy pronto daremos tu cadáver a las aves de rapiña y a las bestias de la tierra.
Les respondí:
-Vuestras palabras se parecen a las del soberbio Goliat, que fue vencido por David.
Me encerraron en un calabozo oscuro y maloliente. Y pusieron llave y guardias a la puerta.
Yo trato de descubrir la manera de escapar de aquí.
Este relato fue escrito por Gonzalo Rodas Sarmiento y pertenece al libro «Las presencias de Jesús».
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