
Trascender
Cuando fui pequeño tuve un amigo,
y me sorprendían hablando solo
con ese invisible inventado niño;
lo abandoné entre bromistas odiosos.
Como aquel imaginario de Frida,
en el otro lado de su cristal,
por una letra de la lechería,
con su amiga para reír y bailar.
Amo el libro que fue premio en mi infancia,
con niñez en todos los personajes;
orientó para siempre mi mirada
hacia los mantos albos y radiantes.
Primero levanté una fe pensada,
proveniente de un lugar de mi ser;
después derivé a la oración del alma. . . ,
y no supe hacia dónde la llevé.
Admito que nunca podré olvidar
el vivo resplandor que iluminó
y me hizo ver de manera fugaz
la salida abierta de la prisión.
Siento la amorosa antigua presencia
de una persona que no conocí;
visualizo también a mi maestra
viviendo lejos y cerca de aquí.
Voy hacia lo profundo de la vida
por senda habilitada desde ayer,
en escucha y buscando la armonía
es la manera de ir a trascender.
Me muevo entre las escenas de Cristo
vibrando cual mágico diapasón;
mi anhelo es ser un emisario digno
y participar en la creación.
Inadvertido y cruzando alambradas,
buscando encontré el entorno preciso
del discurso del monte y explanada
que desde siempre en mí ya estaba inscrito.
Estás siempre deshaciendo mi nieve,
ese hielo desafiando al calor;
pero el fuego de tu voz nunca muere;
seguirá viniendo a mi corazón.
La sonrisa de tu rostro divino
me ha estado manteniendo en pie
cuando miras los juegos de los niños
que en tus parques empiezan a correr.
Son miles los que viven en tu casa,
y tú disfrutas sus cantos alegres;
ellos me traen una antigua añoranza
de una futura existencia celeste.
Déjame contemplar como ellos brincan,
permíteme disfrutar sus espacios,
concédeme encantarme con su risa,
acéptame al acompañar su llanto.
Como en el principio me has enseñado,
me asomaré por un instante corto
a ese jardín de encuentros encantados
bajo la sombra de árboles frondosos.
¿Por qué me oculto y me resisto tanto
si lo que necesito es encontrarte?
Como si estuviera paralizado
y ciego a tu presencia deslumbrante.
Desde el alto manantial de la vida
un suave torrente musical brota;
si atiendo el llamado me comunica
con los siglos y todas las personas.
Desde el misterioso iris de mi ser
brotan las fuentes de agua de la vida
con la misión de ir a desvanecer
las cicatrices de antiguas heridas.
Sanar es limpiar toda falsa imagen
de aquel venerado ser trascendente,
aprender cómo mejor invocarle
y atender su palabra desde siempre.
El encuentro casual dispone en mí
el decoroso y apropiado atuendo
que necesitaba para acudir
a cada próximo esencial encuentro.
Así es la manera de revelar
cuáles son esas realidades mías
que necesito pronto rescatar
porque están pisoteadas o escondidas.
Este poema fue escrito por Gonzalo Rodas Sarmiento, y pertenece al libro «Atisbando los misterios».
Deja un comentario