María Magdalena

María Magdalena

La tristeza se ha apoderado de mi. No sólo porque mataron a Jesús, sino también por la manera como lo hicieron. Se ensañaron, igual que si se hubiera tratado de un delincuente. Ni siquiera pudimos ungir su cuerpo antes de que fuera sepultado.
María, la madre de Jesús, nos pidió que lo hiciéramos en cuanto terminara el Sabbat. Es por eso que salimos de casa muy temprano, junto a otras mujeres galileas que se han refugiado con nosotras, en la casa de la mamá de Marcos, la que también se llama María. Todas las personas más cercanas a Jesús hemos sido recibidas en esta casa, gracias a la generosidad de la señora María. Aunque tengamos que dormir en el suelo, eso no importa.
Hoy nos levantamos cuando aún estaba de noche, pues no queríamos ser vistas. Me acompañó Salomé, esposa de Zebedeo, y también Miriam, esposa de Cleofás. Llevamos aceites y especias aromáticas para ungir el cuerpo del Señor.
Salimos al amanecer, muy acongojadas, pero con el firme propósito de lograr nuestro objetivo. Al comienzo, cada una de nosotras va encerrada en sus pensamientos. Recuerdo las veces que pasé por estos mismos lugares con Jesús, y los demás. Y me remonto más aún en el pasado. Me parece que hubiera sido ayer cuando conocí a Jesús, en Magdala, mi pueblo, cierta vez que él hablaba a la gente en la plaza, muy cerca de mi casa.
Esa vez fui a mirar por curiosidad, aprovechando que mi mamá no estaba. Yo tenía casi treinta años, pero vivía sometida a mi madre. No me dejaba hacer nada. Siempre me retaba y me decía cosas hirientes, muy molesta porque no quise casarme con el hombre que ella eligió para mi.
Hasta ese día, mi vida era un verdadero suplicio. Mi alma estaba llena de heridas, y ya no sabía qué hacer conmigo. Era como si tuviera muchos demonios torturándome. El demonio del miedo, el de la culpa, el de la inseguridad, y tantos otros.
-Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan -estaba diciendo el hombre sabio que hablaba en la plaza.
Y continuó con otras enseñanzas, que me dejaron admirada.
-Se llama Jesús -me dijo al oído una vecina, tan entusiasmada como yo.
-Bendecid a los que os maldicen, y haced el bien a los que os odian -señaló Jesús, y yo me sentí aludida en mi aflicción, a tal punto que me empezaron a salir las lágrimas.
-Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados -escuché decir a Jesús. A esa altura, yo no quería nada más que escucharlo. Supe que él podía quitar esos demonios que afligían mi alma.
Aquella tarde no volví a mi casa. Seguí a los seguidores de Jesús, y pude darme cuenta que muchas otras mujeres los acompañaban. Eso era algo tan insólito como fascinante. De hecho, nunca más volví a mi casa. Creo que mi madre no me buscó, al menos no con mucha fuerza.
Una voz me saca de mis cavilaciones. Es Salomé, preguntando:
-¿Quién nos removerá la piedra que tapa la entrada del sepulcro?
-Dios resolverá eso -respondo, con fe.
Vamos pasando muy cerca del lugar en que murió el Maestro. Todavía pueden verse las cruces. Al pasar por unos matorrales veo algo que me llama la atención. Es alguien que se había escondido, pero al vernos sale lentamente. La reconozco:
-¡Juanita!
Entonces sale también Verónica, con sus ojos enrojecidos de tanto llorar. Trato de consolarla, hasta donde puedo. Sé que ella estuvo enamorada de Jesús, desde su infancia en Nazaret.
Miriam les explica nuestros planes, y ellas se nos unen. Seguimos caminando. Después de un trecho no muy largo, diviso a lo lejos el sepulcro que andaba buscando. El que me había mostrado José de Arimatea en ese negro atardecer. La tumba en que él y Nicodemo pusieron a Jesús. Nos acercamos. Dos guardias salen a nuestro encuentro y no nos dejan seguir avanzando. Mis compañeras empiezan a volver por donde vinimos, pero yo no me rindo tan fácil. Tengo una idea. Sigo a las demás, y cuando los guardias ya no pueden escuchar digo a ellas mi plan. Yo iré por detrás de unos arbustos, agachadita para no ser descubierta, y después de un rato, las demás también tendrán que ir, de a una.
Así lo hago, con éxito pues los guardias no me detectan, y logro llegar hasta el sepulcro. Lo raro es que la piedra está movida. Pienso que es una suerte, pero también algo inexplicable. Con temor, entro en el sepulcro…
Casi me voy al suelo de espanto. El cuerpo de Jesús no está. Ahora, me parece entender por qué la piedra estaba movida. Y por qué hay tantos guardias, y por qué José de Arimatea no está ubicable. Me pregunto dónde puso el cuerpo de Jesús.
Salgo y vuelvo a entrar un par de veces. Entonces veo a un muchacho joven, vestido de blanco. Le pido ayuda:
-¿Dónde han puesto el cuerpo de mi Señor?
En eso, vienen los guardias, más preocupados por este joven que por mí. El muchacho tiene tan intenso el resplandor, que los guardias se asustan, pues no están acostumbrados a eso. Se van, lo cual me alivia bastante.
-No sé dónde han enterrado el cuerpo de mi Señor -sigo insistiendo.
-No busques en una sepultura al que está vivo -es su respuesta, como si estuviera hablando de algo trivial.
-Recuerda lo que él siempre decía… -agrega.
Me parece que es un ser muy especial. Miro para todos lados. Quisiera ver si vienen las demás mujeres. En ese preciso instante el joven se fue, y no pude ver hacia dónde. Para no caerme, me siento en una piedra, sin saber qué hacer. Es entonces que veo a un hortelano, muy cerca de ahí. Me levanto y corro hacia él.
-¿Dónde lo pusieron? -le pregunto al hombre.
-¡María! -me dice con una tierna voz como la de Jesús. Lo miro mejor y me doy cuenta de que es él.
-¡Maestro!
Durante unos minutos no sé qué más decir. Es una impresión muy fuerte. No necesito hablar nada para hacerle saber la alegría que me produce verlo vivo. No lo hubiera reconocido si no me hubiese hablado.
-¡Gracias, Señor! -atino a hablar algo, yo también-. Nunca te lo había dicho…, es que fue tan importante para mí, que me hayas enseñado a limpiar mi alma…, y a desalojar esos como demonios que no me dejaban ser yo misma.
-Gracias a ti, María, por tu perseverancia.
-¿Te quedarás por mucho tiempo? -le pregunto, tratando de tocar su brazo, pero mi mano no lo logra.
-No, María. Muy pronto iré a la casa de mi Padre. Por eso no puedes tocarme.
-¿Qué he de hacer?
-Tú has captado bien el mensaje. Quiero que lo transmitas a otras personas.
-Así lo haré, Señor mío.
Llegan las otras y ven la piedra movida. No entienden nada. Jesús ya no está. Les explico algo, sin mucho orden ni calma. Busco a Jesús, y al joven de blanco. No se ven por ninguna parte.
Nos vamos de ahí porque es necesario contar esto a Pedro y los demás. Corro más que ninguna y muy pronto llego a casa. Cuento todo, con gran desorden, hasta que me dan agua, y me tranquilizo, y entonces hago un relato más calmado. No me creen mucho, pues se trata de algo muy extraño. Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro. Los demás se quedan admirándome, incrédulos, como si yo fuera una aparición misteriosa.
Lo único que me nace es sumergirme en la oración:
-Padre, quiero sentir tu presencia, y contarte cuál es mi anhelo. Llevar tu mensaje a otros lugares. Sé que es casi imposible que una mujer pueda lograr algo así, pero lucharé por ello.


Este relato fue escrito por Gonzalo Rodas Sarmiento, y pertenece al libro «Presencias de Jesús».

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