
Esa mañana de lunes no parecía ser distinta a las demás. Me desperté de a poco, repasando el sueño, como hago siempre. Aún estaba en ese estado que no es ni alfa ni beta. Quizás puede ser algo así como delta.
-Levántate, Elías, ya desocupé el baño -me dijo María Paz, envuelta en una toalla y en una nube de vapor.
Yo no estaba tan despierto todavía. Me faltaba decirme a mí mismo que de nuevo soñé con esa misma habitación recurrente. La de adornos en relieve, como guirnalda recta en los bordes de la pared. Y curva en el techo, rodeando la pesada lámpara de seis ampolletas con sus cilindros imitación vela y una argolla metálica. Y al lado de la puerta, un ajado piano vertical lleno de fisuras, entre las que se destaca una especial, más grande, en el borde izquierdo, muy cerca de la tapa del teclado, y que se parece a los galones de un sargento. En el otro extremo de la pieza, esa ventana de segundo piso. La abrí girando el pomo, y salí afuera dando grandes zancadas en el aire. En mis sueños, ésa es mi pieza, pero no logro relacionarla con ninguna de las casas en que he vivido. El piano es como el que tenía mi abuelo, heredado de su padre. Pero, el de la realidad estaba casi impecable. Sólo tenía una muy pequeña muesca en el lado izquierdo, que mi elaboración onírica ha magnificado. Me sentí prisionero de este sueño, del cual no podía salir. No es que fuera un mal sueño, pero no entendía por qué me visita casi todas las noches.
Cuando ya pude levantarme, me puse a pensar en mi abuelo. Siento cariño por él. Fui su nieto regalón. Consolaba todas mis penas de niño, y después, las de adolescente, hasta que su vejez se lo llevó de este mundo.
Mientras me duchaba ese lunes, recordé que el abuelo siempre me hablaba de una novia que tuvo, años antes de casarse con mi abuela. Una niña a la que adoraba. Estercita, como le decía, murió en un accidente, a temprana edad.
-Vas a llegar tarde a la oficina -me reprendió María Paz cuando me senté en el comedor y me disponía a ponerle mantequilla a una tostada.
-Tarde, pero con el desayuno bien puesto -respondí, y le conté mi sueño.
-Esa pieza debe ser de alguna vida anterior que has tenido -me aseguró, y yo estaba a punto de creerlo así. Se lo dije, pero le manifesté también mis dudas. En todo caso, siempre he sentido curiosidad por el tema.
-Para mi próxima vida, si es que la hay -le dije-, tendría que inventar, desde ya, la manera de dejarle un mensaje.
María Paz rió, como si yo hablara leseras. De hecho, en ese momento creí que lo eran. Ella se levantó para irse a su trabajo.
-No te atrases -me dijo al despedirse.
Me quedé pensando en lo que me oí decir. Talvez debía buscar un mensaje que mi antecesor me hubiese dejado.
Partí hacia mi trabajo, caminando porque me quedaba cerca. Por el camino, pensaba que yo también amé mucho a Estercita, cuando el abuelo me contaba su historia triste. A mi manera de niño, claro, y sin haberla conocido. Ella fue criada por una tía, que era como su mamá. Conoció a sus hermanos cuando tenía ya cerca de catorce años. Nunca entendí los motivos que pudieron tener sus padres para abandonarla, pero recuerdo que cuando el abuelo me lo contaba, se me caían las lágrimas.
El mismo caminar de siempre tenía ese día un sol primaveral y el canto de los pájaros. Y también esa casa estilo inglés que está en una esquina, tres cuadras después de cruzar la avenida principal. No es que fuera atrayente, pero a mí me gustaba tanto que habría dado cualquier cosa por entrar a verla por dentro. Nunca me había atrevido a insinuarlo siquiera, pues no conocía a las personas que la habitaban. Esa casa me decía algo, como si yo la conociera de antes, aunque ya sabía que nunca he vivido en ella.
Esta vez, la casa tenía un letrero anunciando con grandes letras rojas “Se vende”. Al verlo se me dio vuelta el corazón. Saqué mi libreta y un lápiz, y anoté el teléfono que aparecía en el letrero. Me puse muy contento. Por fin iba a conocer la casa.
Lo primero que hice después de llegar a la oficina, y de saludar así no más, y de encender el computador, y de soportar la mirada agria del jefe y sus palabras desatinadas, fue tomar el teléfono y llamar a la oficina de propiedades.
-Sí, está bien, mañana a la hora de almuerzo.
No me costó tanto esperar un día más. Trabajando se me volaba el tiempo. Fui al día siguiente a esa casa, lleno de curiosidad, pensando que a lo mejor era un verdadero mensaje. El que yo necesitaba.
Desde que crucé la puerta y me interné por el pasillo oscuro, había algo que me era familiar. Al subir la escala, supe por anticipado cual escalón es el que iba a crujir. Y llegué a mi habitación. Sí, a la misma del sueño, con los mismos adornos en la pared y en el techo. Y esa lámpara tan conocida. No había ningún piano, lo cual era de esperar. Me asomé a la ventana y me imaginé caminando por el aire. Me daba pavor y risa, al mismo tiempo.
El empleado que me acompañaba me miró con mucha esperanza al notar mi alegría. No le quise decir que no estaba en condiciones de comprar la casa. Le dije que lo iba a pensar y que lo llamaría.
La recorrí una vez más, y me imaginé jugando con mi elefantito, sentado en un cojín verde, con una muñeca. Eso era tan extraño. ¿Una muñeca? No sé por qué, si nunca jugué con muñecas. ¿Sería que, realmente, tuve una vida anterior en la cual fui mujer? Me costaba mucho asumir la sola posibilidad de tener una identificación femenina. Igual, me quedó dando vueltas ese pensamiento por varios días y lo fui juntando con otros que ya tenía de antes, un poco olvidados. Pianista. Sí. Desde siempre me he visto tocando el piano cuando intento visualizar a mi eventual versión anterior. Esa tarde recordé que Estercita tocaba el piano de una manera maravillosa, según decía mi abuelo.
Días después de visitar la casa, volví a la oficina del corredor a hacerle algunas preguntas. Quise saber el nombre del propietario anterior al actual. Casi me caí del asiento cuando escuché el apellido, pues era el mismo de Estercita. Los cabos se estaban atando. Entendí por qué ella era importante en mi vida. Y me maravillé de cómo, por morir joven, habría tenido la posibilidad de reencontrarse con mi abuelo, su ser amado. Mi ser amado.
No me podía convencer. Más que nada porque encontré un inconveniente que antes no había querido mirar. En mi vida real nunca pude aprender a tocar el piano porque tengo los dedos tan gruesos que, hasta el día de hoy, cuando escribo en el computador tengo que corregir mucho por andar golpeando teclas vecinas. De niño lo intenté en varias ocasiones, en el piano del abuelo. Claro que eso fue antes de ese año difícil que hubo, cuando la situación económica de la familia se puso tan delicada que el abuelo optó por vender su adorado piano.
A pesar de mis dudas, seguí dispuesto a buscar un mensaje de Estercita para mí. Que yo supiera, no dejó nada escrito, ni pintó, ni nada parecido. Tampoco dejó alguna grabación de música. Supongo que en ese tiempo ni las hacían. Al último, acepté la absoluta inutilidad de seguir buscando mensajes inexistentes. Definitivamente, no me siento Estercita, aunque tenemos mucha vida en común. Pienso esto mientras le pongo mantequilla a la tostada del desayuno de hoy.
-No creo que uno tenga otras vidas -le digo a María Paz.
-¿Y por qué no? Ya te he contado que yo fui Juana De Arco.
-Pero, Pacita, muchas mujeres que conozco fueron juanas-de-arcos. Y eso no puede ser.
-¿Entonces, qué?
-Simplemente, uno puede sentirse unido a alguien que vivió mucho antes. ¿No te parece?
-Lo que me parece es que se me está haciendo tarde para el trabajo -me dice y me da un beso rápido mientras se dirige hacia la puerta.
Yo también me levanto de la silla y me voy a mi oficina. Esta vez no quiero pensar en cosas filosóficas. Tampoco he vuelto a sentir la necesidad de visitar esa casa, y lo que es más importante, hace varias semanas que ya no sueño con esa habitación que me tenía atrapado.
Cuando termino de cruzar la avenida principal veo a lo lejos un camión de mudanzas estacionado allí, junto a la casa aquella, al parecer. Seguramente fue vendida, y hoy están llegando sus nuevos dueños. Entre varios hombres intentan bajar del camión un mueble vertical de color negro que parece ser muy pesado. Después de un par de cuadras ya distingo mejor. Es un piano, igual al del abuelo. Se ve que está en muy buen estado. Ya lo tienen en la vereda, junto al portón de la casa que fue de Estercita. Corro unos pocos metros para acercarme pronto. Cuando ya estoy cerca, no puedo evitar que mis ojos se dirijan hacia el borde izquierdo del piano. Ahí está, en el punto preciso, esa muesca que conozco tanto, y que quedó integrada en mi vida. Sin duda, esa simple rayita es un mensaje que leí hace mucho tiempo. Ahora, cuando creía estar entendiéndolo, se agrega un nuevo matiz. Empiezo a comprender que hay más personas involucradas en este juego.
Nota: Este cuento fue escrito por Pedro Gonzalo Rodas Sarmiento y pertenece al libro «Encuentros Misteriosos».
También fue publicado en la antología Letras y Voces 2006, Editorial Nuevo Ser, Buenos Aires.
Deja un comentario