El aprendiz de diablo

Soy un demonio de tercera clase. O sea, de los más ineptos que puede haber. Aún cuando la ineficacia es una de las tantas realidades que conforman lo más profundo de mi espíritu, junto a la estupidez y la pereza, por nombrar sólo algunas, se da el contrasentido que, es justamente la ineficacia la que ha estado frenando mi carrera. No he querido ir a estudiar al Instituto Belcebú porque no se me pasa por la cabeza ser responsable o cumplidor. Es cierto que allí aprendería a desarrollar las características satánicas más prestigiosas, como son la soberbia, el odio y la alevosía. Sin embargo, creo que podré progresar en forma autodidacta, para lo cual me basta con observar a mi alrededor.
Ocupo un departamento pequeño en un edificio que ya se derrumba, en el lado sur del condominio infernal. Mi vecina es una diabla feísima y antipática, que fornica sólo con diablos de primera clase. A mí, me desprecia, la muy presumida. Bueno, todo el mundo me desprecia. Tanto los buenos como los malos. Eso es algo en que se ponen de acuerdo para perjudicarme.
Casi todos los días salgo a trabajar, no muy temprano, y llego rendido en la noche. Tengo que ir al mundo de los buenos a provocar tentaciones. Al principio, me gustaba mi trabajo, pero ya me aburrió. Ayer me dijeron que asistiera a una reunión de poderosos y les metiera en la cabeza la idea de armar una guerra devastadora.
Entré un poco escondido a una gran sala, y me encontré con señores elegantes y también varios compañeros míos. Parecía que fuéramos nosotros los anfitriones. Todos los demonios hablábamos al mismo tiempo y decíamos cosas parecidas. Comprendí que yo era tan solo uno más del montón.
-Hay que atacar -le dije al oído al que presidía la reunión-, hay que atacar.
-Pero, no será en nuestro territorio -dijo en voz alta, como dirigiéndose a alguien.
-El mundo está lleno de enemigos -insistí.
-Le costará mucho dinero al estado -murmuró.
-Y a tí, ¿qué te importa? -casi le grité.
-Tengo que mostrar una buena imagen -manifestó el hombre-, porque se acercan las elecciones.
-Llénate de plata antes que te derroten -le recomendé-, que después se pasará la oportunidad.
-No estoy muy convencido -exclamó.
Yo me empecé a retirar con la cola entre las piernas. Entonces surgió un diablo de primera, con la palabra eficaz.
-Cada avión de guerra que echen abajo -dijo con calma, como mascando las palabras- será una pequeña fortuna que ingresará a los bolsillos de los accionistas.
-¿Eres país o eres accionista…? -agregó, después de una pausa.
Me retiré lleno de envidia. ¿Por qué no se me ocurrió a mí decir eso?
Fui castigado porque mi rendimiento no estuvo a la altura de lo esperado. No logro ser un diablo como la gente.
Tampoco creo en eso de firmar, a lo Fausto, un documento que, entre otras cosas, compromete a no cumplir los compromisos. La lealtad no está entre mis principios básicos. Ni la sinceridad, tampoco.
Me doy cuenta que el odio ha entrado en mí, aunque he querido negarlo, no verlo. Es la causa de mi pesantez, no ser acogido, no ser amado. Odio porque alguien odió. Odio a los que odian. Odio el odio. ¿Cómo se termina todo este círculo vicioso? Caigo en lo mismo que odio. Es el miedo el que está actuando en mí.
¿Y el ídolo Luzbel? Tuvo su debilidad. ¿Alguien lo tentó? ¿Cómo pudo ser si en ese entonces no había nadie que pudiera tentar a alguien? Sin duda, es un personaje contradictorio.
Creo que lo mejor será retirarme de la vida que he estado llevando.
Recuerdo a un hombre distinto a todos los demás, que dijo en voz alta, hace mucho tiempo, a sus seguidores:
-Amad a vuestros enemigos.
Siento en el ambiente la presencia pisoteada de ese hombre distinto. Hasta he llegado a pensar que quizás esa presencia sea capaz de llenar mis vacíos.
Después de todo… ¿qué soy yo si no un enemigo? ¿Acaso no merezco, por lo menos, ese calificativo? Siempre he tratado de serlo.
Lo que dispuso el hombre distinto ha seguido estando en pie. No tengo intención de obstruir ese mandato. En el fondo, yo también necesito que me amen. Y que me saquen de mi estado de ánimo infernal.


Nota: Este cuento fue escrito por Pedro Gonzalo Rodas Sarmiento y pertenece al libro «La Isla Tierra Tierra».

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