Jesús y un pedazo de pan

Jesús y un pedazo de pan

Tengo otro importante recuerdo de mi infancia. Con Jacob, Judas y mi padre José acostumbrábamos a ir a la colina. Cercana, según José, pero a mí no me parecía tanto. Eso sí, era un paseo entretenido. Cuando llegábamos a lo alto hacíamos un poco de oración, y también saltábamos y reíamos.
Antes de alcanzar el cerro era necesario pasar por un sendero muy lindo, y al llegar al cruce, mi papá tomaba un pan, lo abría por la mitad y ponía dentro un trozo de queso de cabra que había traído. Siempre hacía lo mismo. Dejaba ese pan con queso muy envuelto, encima del mismo tronco de siempre, uno que parecía asiento, pues no era más que el pedazo trunco que quedó, de un árbol cortado. Después, seguíamos nuestro camino, y los niños nos mirábamos con curiosidad.
-¿A qué se debe este sacrificio? -se atrevió a preguntar Judas.
-Alguien vendrá con hambre y se comerá el pan -replicó José-. Hay que ayudar a los pobres.
Por esa vez, quedamos tan tranquilos. Después de unos días, cuando íbamos nuevamente por el sendero, y llegamos al cruce, y el papá sacó el pan y el queso que traía, lo armó y lo puso en el tronco, Jacob le preguntó:
-Papá, ¿qué es un leproso?
-¿Por qué preguntas eso? -inquirió asombrado José.
-Antes de salir escuché que María te dijo “Toma el pan para el leproso” -explicó Jacob.
Entonces, mientras reanudábamos el camino, José nos explicó que un leproso es un hombre enfermo, al que no se puede tocar pues habría grave riesgo de contraer la misma enfermedad, que no se puede sanar con nada.
-¡Ah! -dijimos los tres al mismo tiempo, y yo me quedé pensando, ¿cómo podría ser eso? Lo pensé varios días, y en otra oportunidad en que José dejaba el pan con queso encima del tronco, me atreví a decirle:
-Papá, quiero ver al leproso.
-El no saldrá al sendero si hay gente.
Seguimos caminando, y unos metros más allá propuse que nos escondiéramos detrás de unos árboles. Al principio, mi papá no quería, pero después que Judas y Jacob apoyaron mi idea con entusiasmo, tuvo que acceder. Justo antes de la curva nos metimos entre unos árboles y nos agachamos. Ahí estuvimos esperando un buen rato. Nos sentamos en el suelo y hablamos despacito. El papá nos dijo que el leproso no iba a aparecer si estábamos nosotros ahí. Insistí en quedarnos, y propuse que hiciéramos la oración diaria ahí mismo, en silencio. Al poco rato vi aparecer un hombre al lado del tronco. Me impresionó porque tenía las piernas y los brazos vendados y la cara un poco hundida, al parecer. Judas que es el más animoso de todos salió del escondite y corrió hacia el leproso, con intención de darle el pan en su mano, según nos dijo después. José alcanzó a decirle “No vayas”, pero no lo pudo atajar. Mucho antes que Judas llegara al tronco, el leproso huyó con rapidez.
-Eres un tadeo -le dijo enojado José a Judas, porque fue lo primero que se le ocurrió.
-¿Qué es un tadeo?
-Bueno . . . -empezó a explicar mi padre- los griegos le dicen así a las personas impulsivas, puro corazón y no tanta cabeza.
-“Tadeo” te vamos a decir ahora -rió Jacob, mientras seguíamos caminando.
Yo me fui quedando un poco atrás, pensando en ese hombre que no podía trabajar, ni conversar, ni tener una familia. Nada, más que estar en su propio mundo, solo y sin ninguna cosa. Si nadie le deja un pan, pasará hambre. Me imaginaba que yo era el leproso, con miedo a vivir y miedo a morir. Me daba tanta pena que se me salían las lágrimas, sin poder evitarlo. José se detuvo, se agachó, me rodeó con sus brazos y limpió mis ojos con un pañuelo.


Este relato fue escrito por Gonzalo Rodas, y pertenece al libro «José de Belén».

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